Aún era de noche; de lo contrario, jamás podría haber estado allí. Un solo rayo de sol hubiese quemado su piel y acabado con su vida.
Estaba allí por una razón. Había ido a buscar algo. Más bien buscaba a alguien. La había seguido desde muy lejos, durante muchísimo tiempo, y creía tenerla por fin muy cerca. Podía sentirla, notarla tan próxima que hasta dolía aún no poder tocarla.
Siguió deambulando por el estrecho callejón, escrutando las sombras en busca de algún indicio que le diera más pistas sobre su paradero exacto. Tras él, escuchó una risa muy suave y cantarina; se giró bruscamente, conociendo al momento de quién se trataba. La luz que desprendían sus ojos le resultó dolorosa, pero aguantó. Por fin estaban juntos de nuevo.
Se miraron durante un largo rato. Clavaron sus ojos en los del otro y se dieron cuenta de que la espera había merecido la pena.
Hubiera corrido hacia ella para tomarla al fin en sus brazos, se moría de ganas de tocarla y de besarla, pero se sorprendió a si mismo paralizado, petrificado, inmóvil. Incapaz de articular palabra. Estaba muerto de miedo.
Intentó acercarse, pero no pudo. Veía en los ojos de ella la decepción que le suponía no tener un reencuentro más efusivo.
Quizá no la quería tanto como aseguraba.Entonces, también llegaron las dudas para él. Su piel no era tan clara como recordaba, su pelo parecía bastante enmarañado; su demacrado rostro y esas ojeras tan marcadas dejaban a la vista muchas noches en vela y largas horas de llanto, quizá, añorando aquello que ahora tenía delante. Se sentía confuso. Capaz de dar la vuelta, de irse de allí y de olvidarla.
-Tenía ganas de verte- su voz sonó cansada, como si hubiera estado callada durante mucho tiempo.
El silencio volvió a llenar el callejón.
- Sí..., y yo
-No lo dices muy convencido, ¿verdad?
Una vez más, no le salieron las palabras, pues sabía que si hablaba, la heriría. Pero su silencio fue más evidente que cualquier cosa que pudiera haber dicho.
Las lágrimas acudieron a cubrir sus ojos, nublándole la vista, al darse cuenta de que él ya no la amaba. O que quizá jamás lo había hecho.
Eran ya tantas que se vio obligada a cerrar los ojos. Su luz se apagó, y solo quedó oscuridad.
Cuando él se dio cuenta, ya no era capaz de ver absolutamente nada. Palpó las paredes, caminó a tientas llevándose por delante toda la basura que salpicaba el callejón, pero no la encontró. Gritó su nombre y no hubo respuesta.
Necesitaba su luz... la necesitaba a ella y se había dado cuenta demasiado tarde. Comprendió lo mucho que la quería cuando no había vuelta atrás. Arrastrándose entre sollozos, dejó atrás el callejón, en busca de algo con lo que iluminarlo.
Volvió portando una antorcha que tenía llama apenas para despejar la oscuridad unos pasos más adelante. Se internó de nuevo en aquel lugar que empezaba a darle escalofríos. Sus pasos eran cortos y cuidados. Estaba escrutando el suelo, cuando algo le cayó a los pies. La escasa luz que proyectaba la antorcha fue suficiente para descubrir que no se trataba de gotas de lluvia.
Con infinito terror alzó la cabeza y de nuevo cayó algo, esta vez, en su rostro. Lo palpó con los dedos. Aún estaba tibia. Volvió a levantar la vista, temiendo lo que podía encontrarse. La llama de la antorcha le permitió adivinar una visión espantosa, algo que jamás olvidaría.
En la cornisa, inerte, colgaba una pálida mano cubierta por ríos de sangre. Más a la derecha, su rostro se había congelado para siempre en un gesto de resignación. Sus ojos estaban abiertos, pero ya no desprendían ni un ápice de luz.




