lunes, 10 de marzo de 2008

En cuanto amas a un punto final

Recordaba haberme dormido a la intemperie, jugando con una brizna de hierba entre mis dedos. La última imagen que era capaz de evocar, era la de un cielo infinito y plagado de estrellas. Sé que antes de caer rendida, el frío de la noche había causado estragos en mi piel, haciendo que me encogiera sobre mi misma.
Ahora la incosciencia dejaba de ejercer todo su poder sobre mí, y yo volvía poco a poco a ser dueña de mis movimientos. La gélida brisa que horas antes me acariciaba, había sido reemplazada por un calor dulce, que atribuí a los primeros rayos de sol de la mañana. Intenté abrir los ojos, pero opté por no hacerlo, por empaparme un poco más de aquella sensación hasta que el sueño se dignara a abandonarme por completo. Me rodeé el cuerpo con mis brazos en un amago de abrazo, pero algo se interpuso entre mi mano y la piel de mi cintura. Lo palpé comprobado entre temrosa y sorprendida que se trataba de un brazo. Entonces sí, abrí los ojos a sabiendas de que podría desagradarme lo que viera... y sin embargo me deslumbró. Una mirada de apriencia gélida, pero tan cálida a la vez... dos ardientes ojos, como el hielo que abrasa, presidiendo una faz impenetrable y acerada se clavaban en mí cruelmente.
Mi expresión cabalgaba entre la admiración y el sobresalto, y eso pareció agradarle. Su gesto cambió, y con una leve sonrisa, hizo que el mio tambien se tornara más feliz y mis mejillas enrojecieran al tiempo.
Se acercó. No más de un plamo, pero fue suficiente como para que mi temor volviese y me retirara un poco, pero la enimágtica sonrisa regresó a su rostro y el miedo se desvaneció de nuevo. Mis músculos se destensaron y una calidez interior me invadió inexplicablemente.
Lo que sentí cuando él se acercó para besarme suavemente en los labios es absolutamente imposible de describir. Por una parte me sentía nerviosa, cardiaca. Por otro, pude notar como me iba relajando, dejandome llevar por aquel beso, dejandome fundir...
Y tras la mirada, fueron sus manos las que recorrieron el resto de mi piel, las que exploraron mis temblorosos músculos en un acto de confianza. De excesiva confianza. Sin embargo en su unión, comprendí que amaba sus manos, sus ojos... comprendí que quería despertarme cada mañana en su calor.